El 28 de enero de 2011, el tercer día de las protestas feroces que eventualmente terminarían con el gobierno del presidente egipcio Hosni Mubarak, un usuario de Twitter llamado Farrah subió el vínculo a una foto que, supuestamente, mostraba a un hombre armado mientras corría “por un techo durante los enfrentamientos entre policía y manifestantes en Suez”.

Digo supuestamente porque ambos, el tuit y la foto con el vínculo, ya no están. En su lugar hay un aviso de error que indica que tanto el mensaje como su contenido “no existen”.

Pocas cosas son tan explícitamente efímeras como un tuit. No obstante es precisamente esta clase de comunicación efímera -un comentario, la actualización de un estado, una información compartida o diseminada- la que yace en el corazón de muchos hechos históricos contemporáneos.

Es también un registro histórico fundamental que, a menos que seamos cuidadosos, se puede perder antes de que seamos conscientes de su importancia.

Lo que el tiempo se llevó

Árabe con cartel que dice FacebookMás de 27% del contenido referenciado en las redes durante las históricas
protestas en Egipto dejó de existir.

Consideremos un estudio publicado en septiembre por Hany SalahEldeen y Michael L Nelson, dos científicos informáticos en la Universidad Old Dominion, Virginia, Estados Unidos.

El ensayo, llamado “Perdiendo mi revolución: ¿cuántos de los recursos compartidos en redes sociales se han perdido?”, tomó seis eventos muy significativos de los últimos años -el brote del virus H1N1, la muerte de Michael Jackson, las elecciones iraníes y las posteriores protestas, el Premio Nobel de la Paz para Barack Obama, la revolución egipcia y el conflicto sirio- y estableció una muestra representativa de tuits que discuten los hechos.

Luego analizó los recursos vinculados a esos tuits y confirmó si dichos vínculos son todavía accesibles, si han sido preservados en archivos digitales o si han dejado de existir.

Los hallazgos son sorprendentes: en promedio, un año después de cada evento, 11% del contenido vinculado a estos tuits había desaparecido y sólo el 20% había sido archivado.

La tendencia continúa con el tiempo: dos años y medio después del evento, un 27% se había perdido y un 41% había sido guardado.

Deshilando

Ésta es apenas una investigación y de carácter preliminar. Las cifras, sin embargo, sugieren una tendencia clara: la pérdida de más del 10% de recursos compartidos a través de redes sociales cada año, incluso cuando se tiene en cuenta lo archivado.

TwitterLos tuits a veces quedan, pero la razón que los generaron quizás no.

Esto no quiere decir que los tuits mismos se desvanecen.

Para aquellos que quieran analizar exhaustivamente tendencias dentro de las redes sociales, servicios como Gnip -que, por un determinado precio, promete un “completo acceso a todo tuit públicamente disponible, desde el primero, publicado el 21 de marzo de 2006”- ofrecen un chorro de datos, muy apreciado por firmas de marketing e investigación.

Lo que es más vulnerable es el tejido de conexiones al que las redes sociales sirven de ventana: los nexos de fuentes, recursos, sonidos, imágenes y actualizaciones que juntos constituyen el material del que está hecha la experiencia cotidiana de millones de personas.

Una firma comercial puede ser capaz de vendernos todos y cada uno de los tuits que han sido enviados jamás, y otra puede hacer lo mismo con otros servicios de redes sociales.

Pero como indica el estudio de SalahEldeen y Nelson, preservar esos hilos individuales no impide que se deshaga el tapiz de nuestra historia presente.

El pasado está más seguro

Se trata de un fenómeno en el que he estado pensando mucho, al investigar la historia del desarrollo digital desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Libro viejoLa historia en papel está mejor preservada.

Como es de esperarse, internet es una colección de tesoros para este tipo de pesquisa. Al mismo tiempo, sin embargo, todo lo que queda de muchos de los intercambios de ideas seminales a menudo es un copiar y pegar de otro copiar y pegar: menos de tres décadas después de que muchas de las discusiones tuvieron lugar, tanto la fuente “original” como la plataforma tecnológica en la que estaba literalmente no existen.

Es más fácil, de hecho, encontrar en la web el desarrollo de muchas ideas claves del siglo XVIII que de los últimos 50 años.

Cuando se trata de las palabras de siglos pasados, las copias de los libros de papel han estado en bibliotecas desde su publicación y ahora sólo tienen que ser escaneadas y liberadas en el mundo digital.

En contraste, mucha de la información digital clave necesaria para que escritores e historiadores puedan realmente desglosar las complejidades del presente -desde el origen de las palabras y las ideas hasta los debates políticos y revoluciones- está o guardada o perdida, a pocos años de su creación.

Borrando la historia

Logos redes socialesEl peligro es quedarse sin saber de qué se estaba hablando en primer lugar.

En el corazón de todo esto está lo que se podría llamar la paradoja de las comunicaciones efímeras.

Su facilidad instantánea e insubstancial es perfecta para compartir y debatir las cuestiones más importantes de nuestra época. Pero eso también genera un nuevo problema histórico, pues todo lo compartido y debatido significa poco, a largo plazo, si uno se queda sin saber de qué estaba hablando la gente en primer lugar.

Sin vitácoras y cartas, o siquiera la relativa permanencia del correo electrónico -que está empezando a parecer algo del siglo pasado-, el problema será más grave.

Hay mucho que celebrarle a las redes sociales por su poder y su carácter incluyente.

No obstante, los historiadores del año 2314 que quieran investigar el principio del siglo XXI van a estar en dificultades. Y sus chances de éxito dependerán desproporcionadamente de esas compañías privadas que son dueñas de tanto de nuestra historia social contemporánea.

Nuestros descendientes seguramente estarán agradecidos de contar con un récord que refleje algo más que las preferencias de los consumidores.

(BBC)