A través del microscopio vi una célula letal de leucemia y decidí que la paciente a la que pertenecía debía estar muerta. Era 1986 y yo estaba examinando una pila grande de muestras de médula ósea sin que me hubieran dicho por qué.

Dado lo desagradable del diagnóstico, me imaginé que se trataba de una trifulca legal. Quizás una familia en duelo estaba demandando a un doctor por una muerte que realmente no habría sido posible evitar.

La médula ósea contaba una historia: la paciente se sometió a quimioterápia, entró en remisión, luego recayó, hubo más tratamientos y un segundo período de remisión. Ahí se acababan las muestras.

Más tarde me enteré de que la paciente seguía viva, unos siete años después de su experiencia, y de que no se trataba de una demanda legal.

El caso estaba siendo considerado por el Vaticano como un milagro en el expediente para la canonizacion de Marie-Marguerite d’Youville.

Dudas

Estatua de Juan Pablo IITodo sucedió cuando Juan Pablo II era el Papa.

Ningún santo había nacido todavía en Canadá.

El Vaticano ya había rechazado que este caso constituyera un milagro; sus expertos sostenían que la paciente no había tenido una primera remisión y una recaída sino que una segunda ronda de tratamiento produjo la única remisión.

Esta aparentemente sutil distinción era crucial.

Hablamos de la posibilidad médica de curar en la primera remisión pero no después de una recaída.

Los expertos en Roma concedieron reconsiderar su decisión si un testigo “ciego” examinaba las muestra nuevamente y encontraba lo que yo había observado.

Para ser santo

Yo nunca había oído hablar del proceso de canonización y no podía creer que la decisión requeriría tal deliberación científica.

Los candidatos a santos necesitan haber hecho un milagro para establecer que están con Dios.

Además, deben haber vivido una vida ejemplar, documentada con evidencia en biografías.

Por pura curiosidad, leí la biografía de d’Youville.

Nació cerca de Montreal y estableció un hogar para los pobres y discapacitados, un hospicio, una cocina pública y una orden de monjas que fundaron escuelas en todo el mundo.

Su vida ciertamente parecía ejemplar.

Un extenso proceso

El tiempo pasó.

Jacalyn Duffin con PapaJacalyn Duffin conoció al Papa que este año será canonizado.

Fui invitada a prestar testimonio sobre mi informe en un tribunal eclesiástico.

Con temor de que me preguntaran algo difícil, me llevé unos artículos médicos sobre la supervivencia en casos de leucemia, con los pasajes más relevantes resaltados con color rosado. Al final de la sesión le entregué los papeles a los investigadores.

La paciente y el doctor que la trató también testificaron ante el tribunal. La paciente explicó cómo había apelado a d’Youville durante su recaída.

Pasó más tiempo.

Finalmente, nos enteramos de la excitante noticia: d’Youville iba a ser canonizada por el papa Juan Pablo II el 9 de diciembre de 1990.

“Inolvidable”

Las monjas que habían estado promoviendo su causa me invitaron a la ceremonia.

Al principio, vacilé. No quería ofenderlas. Soy atea y mi esposo es judío.

No obstante, querían incluirnos a ambos y no podíamos negarnos el privilegio de presenciar el reconocimiento de la primera santa de nuestro país.

La ceremonia tuvo lugar en la Basílica de San Pedro. Estaban las monjas, el médico y la paciente.

Conocimos al Papa: fue un momento inolvidable.

En Roma los postulantes canadienses me dieron un regalo: un libro que alteró mi vida completamente.

Inspiración divina

Era una copia del Positio: el documento con el testimonio completo del milagro de Ottawa que había sido puesto a consideración.

Contenía los informes hospitalarios, transcripciones de los testimonios de los doctores y la paciente. También incluía mi informe y los artículos que había dejado en el tribunal.

De repente, asombrada, me di cuenta de que mi labor médica se quedaría en los archivos del Vaticano.

En ese mismo instante, la historiadora que hay en mí se preguntó cuáles habían sido los otros milagros que habían sido usados para canonizaciones en el pasado. ¿Eran también curas? ¿Cuáles enfermedades curaron? ¿Estaba la ciencia médica tan involucrada en el pasado como en la actualidad? ¿Qué dijeron los doctores que sirvieron de testigos?

20 años y muchos viajes a los archivos del Vaticano más tarde, he publicado dos libros sobre medicina y religión: “Milagros médicos”, en el que analizo 1.400 milagros usados en procesos de canonización en el curso de 400 años, y “Santos médicos”, que habla del milagro que resumí aquí, así como el caso de los santos Cosmas y Damian, unos doctores gemelos que mataron en el año 300.

Un milagro

La investigación que hice volvió a sacar a la luz historias dramáticas de recuperación y valentía. Reveló notables paralelos entre la medicina y la religión en términos de razonamiento y propósito y mostró que la Iglesia no ha esquivado a la ciencia en sus deliberaciones sobre lo milagroso.

Aunque sigo siendo atea, creo en milagros, esas cosas maravillosas que pasan para las que no encontramos explicación científica.

El que esa paciente del principio esté viva 30 años después de su encuentro con leucemia mielocítica aguda es algo que yo no puedo explicar.

Pero ella sí.

(BBC)